Para tu amor, yo sólo tengo eternidad

Yo soy sólo la vida que te acosa
y tu eres la muerte que resisto.
(Jaime Sabines)

El derecho a la timidez
lo perdimos ante los ojos de dios
al ser expulsados del paraíso.

Y tan sólo nos quedó esta noche
junto al sudor y el agradable sosiego
que perduran después del amor
y el liviano cansancio.

Queda el deseo de continuar
cuando la responsabilidad nos llama
o el cuerpo ya no aguanta.

Permanecen tus vestigios
diluyéndose en la memoria de los días
junto el eco de nuestro llanto que aún
resuena en las paredes de la alcoba.

Quedan tu vestido y tu voz
antes y después de la muerte,
… queda esta vida,
y la que viene después.

Reflexiones Hegelianas en tiempos de pandemia

Se vislumbra esta noche

cuando uno mira a los seres humanos a los ojos.

 

El ser humano es esta noche,

esta nada vacía,

que lo contiene todo en su simplicidad.

 

El amado no se opone a nosotros,

es uno con nuestro propio ser;

sólo nos vemos en él,

pero ya no es un nosotros,

sino un enigma,

un milagro,

uno que no podemos comprender.

Quiéreme (Luis Eduardo Aute)

Quiéreme, aunque sea de verdad,
quiéreme, y permíteme el exceso,
quiéreme, si es posible, sin piedad,
quiéreme, antes del último beso.

Quiéreme, haz que se incinere el mar,
quiéreme, como el vendaval que pasa,
por el resto de una brasa
dentro de un glaciar.

Quiéreme, sin el mínimo pudor,
quiéreme, con la insidia de la fiera,
quiéreme, hasta el último temblor,
quiéreme, como quien ya nada espera.

Quiéreme, aunque no sepas fingir,
quiéreme, que de todas mis flaquezas
sacaré la fortaleza
para revivir.

Sabes bien
que jamás te lo he pedido
ni jamás te hice un reproche…
por lo que esta vez te pido,
y que no es cosa de dos,
que tú seas quien me quiera
como nunca me has querido
esta noche del adiós…

Quiéreme, ahora que llegó el final,
quiéreme, sin mas puntos suspensivos,
quiéreme, aunque venga el bien del mal,
quiéreme, como si estuviera vivo.

Quiéreme, que no entiendo qué hago aquí,
quiéreme, si no quieres que esté muerto,
porque todo es un desierto
fuera de ti.

Quiéreme, que ya empieza a anochecer,
quiéreme, aunque sólo sea un instante,
quiéreme, y hazlo como otra mujer,
quiéreme, como si fuera otro amante.

Quiéreme, que mañana ya murió,
quiéreme, como si el mundo acabara,
como si nadie te amara
tanto como yo…

Sabes bien…
que jamás te lo he pedido
ni jamás te hice un reproche…
por lo que esta vez te pido,
ya que no es cosa de dos,
que tú seas quien me quiera
como nunca me has querido
esta noche del adiós…

Quiereme…

Quiereme.

 

El animal más bello del mundo

(Felipe Granados)

Juguemos a Ava Gardner,
yo voy a ser Sinatra
y que este veneno
haga las veces de Jack Daniels.

Ahora que estamos solos,
juguemos a Ava Gardner.

Yo voy a tararear “a mi manera”
mientras errás el tiro
y la botella se revienta
contra el suelo.

Juguemos a Ava Gardner,
yo voy a ser Sinatra
y escupiré la sangre
que tocaste.

Me verás dulcemente
a través de tu vaso
y sentirás la novedad
de no amar la desgracia.

Ahora que estás ebria
juguemos a Ava Gardner.
Ahora que estás sola
juguemos a Ava Gardner.
Ahora que me marcho,
juguemos a Ava Gardner.

Ella es más verdad que el pan y la tierra

Voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.
(Jaime Sabines)

La mujer que yo quiero
no necesita de maquillajes
porque su belleza nace del alma,
es íntegra y honesta como el día
sin fachadas ni subterfugios.

Ella es libertad y equilibrio
no sujeta ni detiene a nadie
ni somete a los recuerdos
o a la espera.

Su desnudez
cabe entera entre mis brazos
cuando la envuelvo con mi cuerpo
cual tímida criatura que salió del mar
a buscar refugio en una caracola.

Su ombligo es el credo que me nutre,
el centro de mi universo,
y da más testimonio de Dios
que todos los tratados de teología
y las religiones juntas.

La mujer que yo quiero
es experta en pirotécnia
capaz de encender fuegos
y detonar explosivos
durante noches enteras
azotadas por el viento.

Los domingos por la tarde
su piel deja en mi lengua
un sabor dulce y salobre
remanente del agradable cansancio
que queda después de largas horas
de tauromaquia y de contienda.

Ella es la utopía,
mi puerto donde llegar,
la lluvia por la tarde,
manantial que fluye,
y el arrullo que desde niño
siempre busco en un rincón
tranquilo del infinito.

La noche pequeña,
deseosa, apenumbrada,
la encuentro siempre
en el centro de sus piernas,
mientras son todos suyos 
mis compañeros de antes,
mi gato, mi poesía y mis amantes.

Digo tu nombre con todo el silencio de la noche

Despacio, esta noche yo te he separado
como un árbol de amor, de las demás mujeres,
(Jorge Debravo)

Saberse embarazado de ti:

¿Será igual a esto de tenerte dentro todo el tiempo;
sentir que creces queriéndote salir de mis entrañas
y te nutres de la energía que fluye de mi cuerpo?

¿Saber que estas ahí moviéndote constante;
que acompañas a mi sombra durante el día
y respiras suavemente junto a mi cama,
muy al lado mío, cuando duermo;
cual simbiosis de ser dos y a la vez ser uno?

¿Será eso de pensar, pensar en ti;
soñando siempre, soñando en ti,
y de estar aquí, aun cuando,
sólo quiero estar ahí?

Aviso de tormenta: desde el fondo pequeño de una caracola

El mundo existe porque yo lo dibujo
debajo de mis patas
(Felipe Granados)

El gato es el único testigo
de nuestras noches y el
tercer habitante de la estancia.

No se inmuta al aviso que anuncia:
cuidado, se avecina una tormenta
y azotará la mar.

Quizás pensará que sólo los marinos,
pescadores y algunos poetas cursis
le dicen La Mar.

Supongo que La Mar debe ser una mujer
por la que valdría la pena morir.

Mientras se acicala y lame sus patas,
no percibe que subo presuroso
la escalera que conduce al faro y
enciendo la luz para dimensionar al mar
que ha empezado a rugir detrás de la neblina.

Me preparo para el fragor que sobreviene
con los embates de las olas,
ahora que revientan
a la orilla de mis costas.

Quizás sea esta una tormenta imposible y
del mar sobrevenga una criatura inmensa
con quien tenga que pelear a punta
de arpón y destreza.

De vez en cuando voltea la mirada,
pero lo que sucede no le importa.

En el ínterin mientras me juego la vida,
él sueña con crear nuevos mundos,
esperando su turno cuando Amarilla se
disponga a descansar, le rasque su barbilla,
y con suerte lo deje masajear sus pechos,
mientras ella canta alguna canción romántica
que aprendió en su adolescencia.

No entiende que el llamado del amor y
el duelo con el mar no se postergan.

Supongo que en su memoria de gato,
las mitologías e historias de cruentas batallas
no existen, a él sólo le importa el presente,
y un acto de comunión como éste
es algo que probablemente nunca entienda.

Te busqué en el hueco triste de estas manos

Pasé una noche a ti pegado
como a un árbol de vida.
(Leopoldo María Panero)

Con mucho trabajo
nos buscamos en la noche,
hasta dejar a nuestros labios
encontrarse.

El tamaño de tu cuerpo
encalló sin prisa, tranquilo
en la palma de mi mano.

Recorrer la circunferencia de tus caderas,
fue más fácil que el camino
que empieza en tu cuello y
termina en aquel lugar
donde las aguas nacen.

Cubrir de besos el abismo
que corta mi respiración
pausada entre tus pechos,
se volvió la hazaña absurda
del Sísifo que nunca
supo llegar a la cima para
después volver al comienzo.

Los  poemas brotaron del sudor
que emana en los poros de tu espalda,
mientras me acostumbraba
al compás del movimiento entre
mi brazo asido a tu cintura y
el vaivén de tus caderas.

Fuimos hechos a la medida exacta
de nuestros cuerpos, y
evadimos a la muerte
cada vez que el sentimiento
surge de la oscuridad y de
este lapso de tiempo que no alcanza.

Retornos del amor recién aparecido

Cuando tú apareciste,
penaba yo en la entraña más profunda
de una cueva sin aire y sin salida.

Braceaba en lo oscuro, agonizando,
oyendo un estertor que aleteaba
como el latir de un ave imperceptible.

Sobre mí derramaste tus cabellos
y ascendí al sol y vi que eran la aurora
cubriendo un alto mar de primavera.

Fue como si llegara al más hermoso
puerto del mediodía.

Se anegaban
en ti los más lucidos paisajes:
claros, agudos montes coronados
de nieve rosa, fuentes escondidas
en el rizado umbroso de los bosques.

Yo aprendí a descansar sobre tus hombros
y a descender por ríos y laderas,
a entrelazarme en las tendidas ramas
y a hacer del sueño mi más dulce muerte.

Arcos me abriste y mis floridos años
recién subidos a la luz, yacieron
bajo el amor de tu apretada sombra,
sacando el corazón al viento libre
y ajustándolo al verde son del tuyo.

Ya iba a dormir, ya a despertar sabiendo
que no penaba en una cueva oscura,
braceando sin aire y sin salida.

Porque habías al fin aparecido.

(Rafael Alberti)

Yo me duermo a la orilla de una mujer

Doblo la página del día,
escribo lo que me dicta
el movimiento de tus pestañas.
(Octavio Paz)

La poesía
nace de tu boca y del
sinuoso recorrido
hacia el resto de tu cuerpo

Anclado a tus abrazos
y al fuerte latido
del corazón que
atraviesa como flecha
la cuenca iluminada
de tu espalda:

te imagino
te supongo
te busco
te aparto
te olvido

me niegas
me obtienes
me arrullas
me abstengo
me arrastras
me resisto
me deshaces

te huelo
te encuentro
te reconozco
te defino
me invades
te necesito
te abarco

Arráncame, señora, las ropas
y las dudas.

Desnúdame, desdúdame.