Del erotismo en los cuentos infantiles

(del Osito a Ricitos de Oro)
entraste a mi casa
quebraste mi silla
probaste mi sopa
te acostaste en mi cama,
pero al día siguiente
me dejaste

(del Lobo Feroz a Caperucita Roja)
de tu abuela solo me quedé
con su ropa de dormir,
a ti te quiero para comerte mejor

(del que fue Sapo a su Princesa)
lo que no sabes es que
aun convertido en príncipe,
del viejo sapo conservo su habilidad
para atrapar las moscas

(de la Mamá del Patito Feo a la Futura Pretendiente)
por su fealdad y pequeñez
no te preocupes,
déjalo que crezca
y verás que se vuelve cisne

(de Pinocho a la Marioneta vestida con traje de holandesa)
divagaré entre verdades y mentiras,
la hora en que el amor se vuelva
un problema a resolver
entre mi impotencia y tu entrepierna

Poema

(Leonard Cohen)

Escuché acerca de un hombre
quien pronuncia palabras de forma tan hermosa
que con tan sólo mencionar su nombre
todas las mujeres se entregarían a él.

Si me encuentro rendido al lado de tu cuerpo
mientras el silencio como tumores brota de tus labios
es porque escuché a un hombre subir las escaleras
y aclarar su garganta detrás de nuestra puerta.

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Silogismos III

Se dice que:

El sentimiento es reflejo del pensamiento
y pensar es la forma manifiesta de la mente.

Por lo tanto:

Si controlo mi mente,
dejo de sentirme así
y puede que no vuelva a pensar en vos.

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Ninguna mujer es mejor que el mar

Osvaldo Sauma

ninguna mujer
es mejor que el mar 
y aun así 
todos los peces caben en su vientre 
toda la historia se resume en su caverna 
todos nuestros delirios se aplacan en sus senos 

ninguna mujer 
es mejor que el mar 
y en todas las ensenadas interiores 
está escrito su nombre 
en todas las galerías del recuerdo 
hay una flor de fuego entre la niebla 
unos besos que se irán a la tumba con nosotros 

ninguna mujer 
es mejor que el mar 
y el furor de su oleaje 
nos lleva a la cima 
o nos hunde en el silencio de la muerte 

ninguna mujer 
es mejor que el mar 
y aun así 
mi faro no deja de buscarla 
entre el nutricio mar de los sargazos

La puesta en el sepulcro

(Carlos Martínez Rivas)

Cuando ya no me quieras.

Cuando ya no me quieras
y no podamos estropear nada
porque nada estará vivo y confiado.

Cuando tú te hayas ido
y yo me haya ido
y los de la música se hayan marchado
y el portón se cierre
(dentro pasan el largo fierro por la argolla
asegurando con la correa el cerrojo,
y soplan los candiles
y las mechas se quedan humeando);

diremos: “Algo se ha perdido.
No mucho. Nunca es mucho. Pero
algo esencial –un culto, un lenguaje,
un rito— está perdido”.

Cuando hayamos dejado de ser esto que somos:
pareja expuesta al dardo,
mal avenida pero bien enlazada,
y nos dispersemos en otros círculos
y nos disipemos en otras charlas;

habrá quien diga: “Aquí dos seres carmesíes
se atraparon. Los vimos
balancearse estremecerse oscilar
retornar a la seguridad
y caer”.

Para entonces, el zumbido del tractor
volverá a oírse desde el fondo del llano.
Las chorejas del guanacaste caerán
con su golpe seco frente al portal.

Pero esos rumores de la vida
nos llegarán por separado,
y otro será tu sol 
y otra luna será mi luna.

Cuando ya no me quieras.

Cuando en la reunión tus ojos
al encontrar los míos ya no digan:
“Aguarda a que termine con esta gente,
pero mi corazón te pertenece”.

Cuando en las sucesivas fases de tu errabunda
búsqueda femenina
ames a otro:
y te descalces delante de otro cetro
y te desveles bajo otra antorcha
y triturada por otros trapiches trasiegues
el poder que yo te trasmití;

pensaré agudamente: “Ya se le agotará.
¡Y entonces vendrá a mí y no le daré más!”

Y así siga por el mundo y a través de los días
rumiándote en el hosco destierro,
granitizándome en la frustración y el orgullo
como un mendigo sobre un pedestal.

Remontando el obstruido pasado
como un sucio canal maloliente en el crepúsculo:
“Aquí estuve brutal.
Ahí comenzó el desierto.
En aquel banco trató de herirme.
Tal día…”

Y así te evoque. Así conjure tu sombra
agujerándola de flaquezas y máculas.

Cuando ya no me quieras
y yo ya no te tema.

Cuando contentadizo, trivial, inadecuado
para la soledad y la amargura
yo mismo haya olvidado –cuando
ya no me quieras— que me quisiste;

garras y mantos
de mujeres: Furias como Pietás,
Erinias disfrazadas de monjas
me depositarán
en la obscura y helada tumba que me busqué.

Cuando aquel remoto mar dejó de marcharse

Déjame como una nube pasar arriba lento
pasar humedamente casi caliente
al soplo de un estío

~Vincente Aleixandre

Amor mi amor amor,
soy el efecto de tu causa,
la consecuencia que te espera en casa
al regreso de tus viajes.

Soy la reacción de tus actos,
y el resultado que permanece
después de la noche en que iniciamos
esta hoguera juntos.

Te hallé como una lágrima en un libro olvidado

Estoy sentado en el rincón más sensible de tu mirada
Bajo el silencio estático de inmóviles pestañas
~Vicente Huidobro

Quisiera volverme duda
explotar dentro tuyo
y quedarme escondido
para que no me reconozcas

Ser el espejo en tu alcoba
para encontrarme en tus ojos
cada vez que tu rostro
te recuerde en las mañanas

Debería ser tu nombre
atado a la existencia
que te cubre desde siempre
o adherirme a tus recuerdos
hasta el momento preciso de la muerte

Quizás ser la tenue boca
cuyos temblorosos labios
se encuentran con los tuyos
en una noche de tormentas

Debería ser también
este tiempo sin estar contigo

¿Qué tal si te digo Amor
y con eso me ahorro
el resto de las palabras?