Esta mujer que no tiene remedio

Esta mujer que no tiene remedio.
Merece ser quemada
como un santo,
apedreada
como cualquier adúltera,
merece,
la cruz
porque me salva.
(Felipe Granados)

Aprendí a quererte
los sábados de noche
junto al murmullo de la gente
y la desnudez de las estrellas.

Supe de aquellos dedos que quisieron
verse atrapados en el dédalo de tus cabellos,
la palabra que intentó salir y se contuvo,
los besos que acabaron en tu frente,
todos; destinados a morir en su banal intento.

Quise verme jugar
con el reflejo de la luna que se estrelló en tu espalda,
amanecer al lado tuyo cuando despertaras;
o volverme uno de esos tantos cigarrillos
que con mucho afán desgastabas
hasta extinguirlos en la comisura de tus labios.

Quise ser tus ojos,
la palabra en tu boca,
cualquier suspiro que naciera de tu alma;
la persona eterna en tu recuerdo
y tu recurrente pensamiento.

Pero no.
No te lo creas,
no fui yo, no fueron míos.
Fue tan sólo ese otro,
fueron de ese otro,
el hombre que también quiso quererte.

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